Editorial Listín Diario

Así como aconteció pocas décadas atrás, ha emergido de nuevo la ola de los candidatos antisistemas, llamados también antipolíticos, porque lograron alcanzar el poder al margen de las figuras tradicionales que dominaban las cúpulas partidarias de América Latina.

En lo que va de siglo, este fenómeno ha estremecido los viejos esquemas del liderazgo partidario en países de larga tradición de bipartidismo.

Se atribuye, indistintamente, a un cansancio frente a las figuras que predominaron por años en el escenario del poder, a la corrosión de regímenes y partidos maleados por la corrupción y a la falta de respuestas eficaces a las nuevos desafíos que plantea la revolución tecnológica y a las expectativas de nuevas generaciones con otra visión de futuro.

Tres décadas atrás, los electorados parecían demandar la presencia de gerentes o empresarios que tuviesen capacidad para gobernar a sus pueblos en medio de las crisis financieras, pero en los últimos tiempos prefieren a los que esgrimen un discurso de cambio más radical y se presentan como los nuevos iconoclastas que están listos para derribar los esquemas tradicionales, estancados o esclerotizados, encabezados por políticos gastados.

América Latina está presenciando ese momento en el que, sorpresivamente, candidatos que parecían no tener ni relevancia ni posibilidades de llegar al poder y, sin embargo, montados en una ola de populismo o de retórica “antisistema”, cautivaron a los electores y hoy son presidentes.

No se trata, en realidad, de un asunto de edad, sino de propuestas osadas para cambiar un status quo que los políticos tradicionales defienden, aferrándose a las recetas ya decantadas que antes surtieron algún efecto para la mejor gobernanza.

Ante una extendida desconfianza de los nuevos electores por las figuras tradicionales, o contra sus ideas y pensamientos, se han abierto las válvulas para que a través de lo que el experto Daniel Zovatto llama “elecciones del enojo” o la “rebelión contra las élites”, los votos favorezcan a los exponentes antisistema, socavando las estructuras partidarias que parecían sólidas, invulnerables o insumergibles.

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